Martes, 30 Diciembre 2008 07:37

¿Por qué vamos a un monasterio?

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En este artículo la Hermana Candasiri responde a esta pregunta argumentanto además por qué la misma es importante: "Necesitamos ser claros en esto para derivar un mayor beneficio de lo que un monasterio tiene para ofrecer".

Por Hermana Candasiri

candasiriUna pregunta que todos necesitamos hacernos es, ¿por qué vamos a un monasterio? Si hay monjes, monjas, laicos invitados y visitantes deberíamos preguntarnos, ¿por qué he venido? Necesitamos ser claros en esto para derivar un mayor beneficio de lo que un monasterio tiene para ofrecer. Si no estamos claros, podemos malgastar mucho haciendo cosas que puedendistraernos de los posibles beneficios que pueden encontrarse allí.

El Buddha habló de tres fuegos, tres alimentos por las cuales nosotros, como seres humanos, nos afligimos. Estas tres cosas nos mantienen continuamente en movimiento, nunca somos capaces de descansar o de estar completamente a gusto; ellas son catalogadas como la avaricia, el odio y la ilusión, lobha, dosa, moha. Él también, en su compasión, indicó el antídoto.

En realidad, estos fuegos están basados en los instintos naturales. Por ejemplo, la avaricia o el deseo sensual, el impulso sexual y el deseo de alimentarse es lo que permite a los humanos sobrevivir. Sin el deseo sexual, ninguno de nosotros estaría aquí ahora! Y, por supuesto, sin hambre o deseo de alimentarse, no estaríamos inclinados a tomar el alimento que necesitamos para mantener el cuerpo en un estado razonable de salud. Sin embargo, una dificultad surge cuando perdemos de vista lo que es necesario, y buscamos la gratificación sensual por su propio bien.

Otro tipo de instinto de supervivencia es nuestra respuesta al peligro. Volteamos y atacamos algo que es percibido como una amenaza para nuestra supervivencia física, o tratamos de alejarnos de ello. Esta es la base de dosa, odio o aversión. Claramente, también, esto tiene una gran importancia en la naturaleza, pero nuevamente llegamos a estar confundidos y en lo que con frecuencia nos encontramos defendiendo, no es tanto un cuerpo físico, sino el sentido de mí, lo que percibimos que somos, en relación con otro.

El tercer fuego, que proviene de manera bastante natural de esto, es la ilusión, moha; sin ver en realidad claramente o comprender cómo son las cosas, no entendemos realmente lo que es ser un ser humano. Tendemos a fijarnos en nosotros mismos y a los otros como personalidades, o si mismos. Pero estas sólo son ideas o conceptos, lo que medimos frente a otros objetos sobre quién o que deberían ser. Entonces, si alguien viene y desafía ese yo, puede provocar una fuerte reacción en nosotros, atacamos, defendemos o tratamos de alejarnos instintivamente de aquello percibido como una amenaza. En realidad, esto es un tipo de locura, cuando se piensa en ello.

Ahora, como dije antes, el Buddha, habiendo señalado la naturaleza de la enfermedad, también presenta la cura. Esta viene en forma de enseñanzas sencillas, las cuales pueden ayudarnos a vivir en una forma que nos permite comprender y, por tanto, liberarnos de estas enfermedades; y también para evitar hacer cosas que las exacerben.

Esto me da la verdadera razón por la que vamos al monasterio. Queremos liberar a nuestros corazones de la enfermedad, de las obligaciones del deseo y la confusión; y reconocemos que lo presentado aquí es la posibilidad de hacerlo. Por supuesto, existen otras razones: algunas personas en realidad no saben por qué han venido, sólo se sienten atraídos por el lugar.

Luego, ¿qué es lo que hace a un monasterio diferente de lo que sucede fuera de él? … Es un lugar que nos recuerda nuestro potencial y aspiración. Hay imágenes amorosas, del Buddha y de sus discípulos que parecen irradiar el sentimiento de calma, alivio y vigilancia. También, aquí también encontramos una comunidad de monjes y monjas que han decidido vivir siguiendo el estilo de vida que el Buddha recomendó para curar tales enfermedades.

Habiendo reconocido que estamos enfermos y necesitamos ayuda, comenzamos a ver que la cura está en oposición directa a las formas del mundo. Vemos que si nosotros estamos para curarnos a nosotros mismos primero necesitamos entender la causa de la enfermedad, que es el deseo. Así que necesitamos entender nuestros deseos para deshacernos de y existir y ser un yo separado para liberarnos de ellos. Así en vez de seguir los deseos, los examinamos de cerca.

La disciplina que seguimos está basada en los preceptos, lo cuales, usados sabiamente, pueden engendrar un sentido de dignidad y auto-respeto. Ellos nos refrenan de nuestras acciones o discurso que son dañinos para nosotros mismos u otros, y delinean un estándar de simplicidad o renuncia. Nos preguntamos a nosotros mismos, ¿qué es lo que en realidad necesito?, más allá de responder a las presiones de una sociedad materialista.

Pero ¿cómo los preceptos nos ayudan a entender estos tres fuegos? En cierto sentido, nuestra disciplina monástica ofrece un contenedor dentro del cual uno puede observar el deseo así como su surgimiento. Deliberadamente nos colocamos dentro de una forma que nos impide seguir todos nuestros deseos, para verlos y notar cómo cambian. Normalmente, cuando estamos en la corriente en el proceso del deseo, no existe sentido de objetividad. Tendemos a estar totalmente identificados con él, entonces es muy difícil verlo claramente o de hacer algo al respecto, otro que sea barrido con ello.

Luego, con lujuria o aversión, podemos reconocer que estas son energías naturales o discos que uno tiene. No estamos diciendo que sea incorrecto, digamos, tener deseo sexual o incluso seguirlo en las circunstancias apropiadas, pero reconocemos que es para un objetivo en particular, y esto causará un resultado determinado. Como monjes y monjas hemos decidido que no queremos tener niños. También reconocemos que el placer de la satisfacción es sólo muy breve, en relación con el período más largo posible de las implicaciones y la responsabilidad. Entonces, decidimos no seguir el deseo sexual.

Sin embargo, esto no significa que no lo experimentemos en cuanto afeitemos nuestras cabezas y nos coloquemos un hábito, que inmediatamente dejemos de experimentar cualquier deseo. De hecho, lo que puede pasar es que en nuestra experiencia de estos deseos en realidad en realzada cuando venimos a un monasterio. Esto se debe a que en la vida laica podemos hacer toda clase de cosas que nos hacen sentir bien siendo, por lo general, concientes de lo que hacemos. A veces, solamente hay un sentido subconsciente de enfermedad, seguido del alcance para conseguir algo que se revela siempre en movimiento de una cosa a la siguiente. En el monasterio esto no es tan fácil hacerlo. Deliberadamente nos atamos para observar los discos, energías o deseos que normalmente nos mantendrían moviéndonos.

Ahora usted podría preguntar: ¿Pero qué tipo de libertad es esta? Atándose a una situación en la que constantemente uno es frenado, teniendo siempre que conformarse? Teniendo siempre que comportarse de una manera; saludar de un modo particular, y en momentos particulares; cantar a una velocidad particular y diapasón; sentarse en un lugar particular, al lado de gente particular, ¡He estado sentándome al lado de o detrás de la Hermana Sundara durante los últimos quince años! ¿Qué tipo de libertad es esta?

Esto trae libertad de la esclavitud del deseo. Más que desvalidamente, a ciegas siendo arrastrados por nuestro deseo, somos libres de decidir actuar de los modos apropiados, en armonía con quienes nos rodean.

Ahora es importante comprender que ‘la libertad del deseo’ no significa ‘no tener deseo’. Podríamos sentirnos muy culpables y realmente luchar si pensáramos así. Como dije antes, el deseo es parte de la naturaleza, sólo que ha sido deformado como consecuencia de nuestro condicionamiento, los valores de la sociedad y la educación. No vamos a deshacernos de ello tal como es –solamente porque queremos a, o sentimos que nosotros no deberíamos tener deseo; esto es, en realidad, un acercamiento más sutil al requerido.

La forma monástica y los preceptos nos ayudan a elaborar un espacio más pacífico alrededor de nuestras energías de deseo, de modo que, habiendo surgido, puedan extinguirse. Este es un proceso que requiere una gran humildad, puesto que primero tenemos que reconocer que el deseo está allí, y esto puede ser muy humillante. A menudo, particularmente en la vida monástica, nuestros deseos pueden ser sumamente pequeños, el sentido de mi puede estar vinculado a algo muy trivial. Por ejemplo, podría ser que tenemos una idea muy fuerte sobre cómo deberían ser cortadas las zanahorias; luego si alguien sugiere que deberíamos hacerlo de una manera diferente podríamos llegar a estar muy agitados y defensivos! Así que necesitamos ser muy pacientes, muy humildes.

Afortunadamente existen algunos puntos de referencia, o Refugios, los cuales nos proveen de seguridad y un sentido de perspectiva ente el caótico mundo de nuestros deseos. Estos, desde luego, son Buddha, Dhamma, y Sangha: el Buddha, nuestro maestro también dentro del cual se conoce como son las cosas, viendo claramente, no confusos o inquietos por la impresión del sentido; el Dhamma, la Enseñanza o la Verdad, cómo las cosas en realidad son, a menudo, bastante diferentes de nuestras ideas sobre ellas; y el Sangha, el linaje o la comunidad de quienes practican y también nuestra aspiración a vivir conforme a lo que sabemos que es verdadero, más que seguir toda clase de impulsos confusos y egoístas que pueden surgir.

El Buddha dio algunos modos simples de modificarlos. A estos los llaman los Fundamentos de la Atención. La atención en el cuerpo es la que uso mucho en mi propia práctica. El cuerpo puede ser un amigo muy bueno para nosotros porque no piensa! La mente, con sus pensamientos y conceptos siempre puede confundirnos, pero el cuerpo es muy sencillo, podemos notar cómo es en cualquier momento. Por ejemplo, si alguien actúa o habla de una manera que encuentro intimidatoria, puedo notar mi reacción instintiva, que debe ponerme tenso en una actitud defensiva, y, quizá, responder de un modo agresivo. Sin embargo, cuando estoy atento al proceso, puedo decidir no reaccionar de este modo. En vez de inflarme, hincharme, puedo concentrarme en la respiración relajándome, de modo que mantenga una presencia menos amenazante hacia la otra persona. Si a través de la atención, puedo dejar mi actitud defensiva, ellos también pueden relajarse en vez de perpetuar un proceso de reactividad. De este modo, podemos traer un poco de paz al mundo.

A menudo, las personas que visitan los monasterios comentan sobre la atmósfera pacífica que encuentran allí. Pero esto no es porque cada uno se sienta pacífico o experimente la dicha y la felicidad continuamente, ellos pueden experimentar todo tipo de cosas! Lo que es diferente en un monasterio es la práctica. Así que independientemente de lo que los monjes y monjas podrían estar pasando, al menos hacen el esfuerzo de estar presente con ella, llevándolo pacientemente, en lugar de sentir que no debería ser así, o tratando de hacer que cambie.

La forma monástica provee una situación en la cual la renuncia y la coacción son las condiciones mismas para el surgimiento de sentimientos con pasión; pero también es la presencia tranquilizadora para otros samanas. Cuando lo examinamos realmente, podemos hablar a un hermano más viejo, más experimentado o a la hermana, cuya respuesta es probablemente algo como ‘por supuesto, no se preocupe por eso; esto pasará’. Esto me pasó. Es normal, simplemente es parte del proceso de purificación. Sea paciente. Entonces encontraremos confianza incluso cuando todo parece derrumbarse o enloquecerse adentro.

Al venir a un monasterio encontramos a la gente dispuesta a observar y entender la causa primaria de la ignorancia humana, el egoísmo y de todas las cosas abominables que pasan en el mundo; la gente que está dispuesta a examinar sus propios corazones y atestiguar la avaricia y la violencia que otros están dispuestos a criticar fuera de allí. A través de la experimentación y el conocimiento de estas cosas aprendemos a hacer la paz con ellos, directamente en nuestros corazones para que puedan cesar. Entonces, tal vez, en vez de simplemente reaccionar a la ignorancia de la humanidad y añadir confusión y violencia, vemos alrededor de nosotros, somos capaces de actuar o hablar con sabiduría y compasión de forma que puedan ayudar a traer un sentido de calma y armonía entre las personas.

Luego esto no es un escape, sino una oportunidad de voltear y hacer frente a todas las cosas que hemos evitado en nuestras vidas. Pero con calma y valor para reconocerlas como son, comenzamos a liberarnos de la duda, la ansiedad, el miedo, la avaricia, el odio y todo lo que constantemente nos ata a reacciones condicionadas. Aquí, tenemos el apoyo de buenos amigos, y una disciplina y enseñanzas que ayudan a mantenernos en el curso que a veces parece un esfuerzo imposible!

Que todos puedan alcanzar la libertad verdadera. Evam.

 


FUENTE:

Forest Sangha Newsleter, 1995

Traducción del inglés por Upasika para Bosque Theravada

 

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Visto 2658 veces Modificado por última vez en Miércoles, 12 Mayo 2010 16:54
Hermana Candasiri

Ordenada como siladhara dentro de la Tradición Tailandesa del Bosque, ha estado involucrada activamente en la evolución de la formación en el Vinaya de las monjas.

Ver la biografía de Ajahn Candasiri y sus artículos publicados en Bosque Theravada.

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