Martes, 29 Abril 2008 16:05

Consejos prácticos para empezar a meditar

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Consejos recopilados de los diferentes maestros referentes al lugar apropiado para la meditación, el tiempo y el horario, la vestimenta, la postura y la manera de cómo combatir las dificultades que con mayor frecuencia se presentan a la hora de meditar.

Por Anton Baron

Lugar de meditación - Tiempo y horario - Vestimenta - Postura : (1) Posiciones tradicionales - (2) Uso de sillas o taburetes - (3) Permanecer en la posición elegida - ¿Como lidiar con las dificultades durante la meditación? : (1) Dolor físico - (2) Somnolencia, estupor o letargo - (3) Aburrimiento - (4) Miedo, intranquilidad y otras experiencias “extrañas” - (5) Desaliento y rechazo hacia la meditación - Bibliografía


El lugar de meditación

anton1La primera consideración a tener en cuenta hace referencia a lugar donde vamos a meditar: encontrar un lugar quieto, tranquillo, que nos sea agradable y que, en lo posible, sea aislado de los ruidos molestos, debería ser nuestro objetivo en esta materia. Dado que la meditación debería convertirse en una práctica cotidiana, no es aconsejable buscar algún sitio que no forme parte de nuestro domicilio o entorno inmediato; un sitio, al cual tendríamos que llegar caminado o, lo que es peor, usar para este fin el automóvil, no sería aconsejable. Muchas personas querrían meditar en medio de una verde pradera rodeada de suaves afluentes de aguas y aislada por un intenso bosque; pero este escenario es prácticamente imposible para la mayoría de nosotros. Debemos ser realistas y acomodar, para este propósito, un pequeño cuarto, en el cual podremos permanecer relativamente aislados de los demás miembros de la familia durante el periodo de las sesiones de meditación. Es importante que en este lugar estemos solos, seguros de que nadie va a molestar ni observarnos, para que toda nuestra atención pueda ser enfocada en la práctica misma.

En cuanto a los ruidos molestos, aquellos que son externos, provenientes de la calle podrían atenuarse mediante las ventanas dobles, la elección de la habitación más alejada de la calle o el uso de aire acondicionado. Sin embargo, los ruidos más molestos durante la práctica generalmente resultan ser aquellos que se originan dentro de la casa: las conversaciones, los equipos de música, los televisores y las radios, el sonido del teléfono, etc. En este caso, se deben usar todos los medios que estén a nuestro alcance para procurar evitar estar distracciones: alejarse del salón donde están los equipos de sonido y el televisor, alejarse del teléfono –si es posible, desconectarlo- meditar lejos del sitio, en el cual transcurren las conversaciones diarias, etc. Seguramente, ya en los primeros días de la práctica descubriremos que una suave conversación que llega a nuestros oídos, produce mayor distracción que el fuerte ruido de un enorme camión en la arribada de la calle. Sin duda alguna, es un buen recurso informar a nuestros familiares sobre las prácticas que estamos realizando y pedirles colaboración durante las mismas. Sin embargo, a medida que vayamos afinando más y más nuestra concetración, los ruidos serán cada vez menos molestos.

Si tenemos la suerte de regular la temperatura de nuestro cuarto, tengamos en cuenta que aquella que oscile entre 18 a 22 grados centígrados es la que comúnmente se considera ideal para realizar cualquier tipo de trabajo mental. Una temperatura más fría produce nerviosismo y dificulta la concentración, mientras que la más alta asfixia, origina somnolencia e igualmente perjudica la atención. Además, el lugar donde meditamos debe ser ventilado periódicamente, ya que la falta de oxígeno produce nerviosismo, sensación de fatiga y hasta mareos.

El hecho de realizar nuestras sesiones de meditación en la misma habitación y en el mismo lugar, tiene una ventaja adicional psicológico-motivacional que consiste en producir una asociación entre el lugar y la práctica de meditación, gracias a la cual uno puede sentirse motivado a realizarla una vez esté sentado en su sitio habitual.

La meditación dentro de la tradición Theravada, tiene el propósito de lograr una visión perspicaz de uno mismo y de la realidad circundante, de modo que no requiere de imaginería religiosa alguna. Sin embargo, muchas personas usan estas técnicas de meditación como complemento para sus practicas devocionales religiosas, por lo cual, en este caso, realizarlas frente a una imagen de la Virgen, de Cristo, de Buda u otra dependiendo de las convicciones de cada cual, eventualmente ayudaría a concentrarse y otorgaría a estos ejercicios una dimensión más trascendental. Siempre y cuando, el meditador no se olvide de que todas estas imágenes consisten tan sólo en una representación simbólica de la Realidad que puede ser hallada dentro de nosotros mismos, entonces, estas costumbres no tendrían en sí mismo, ningún inconveniente. Esto es aún más cierto, si consideramos que nuestras sesiones generalmente se desarrollan con los ojos cerrados, de manera que dichas imágenes no se convertirían en elementos de distracción visual.

No se puede decir lo mismo, cuando se trata de la llamada “música de fondo”, de los inciensos, de la “aromaterapia” o de otros productos de consecuencias auditivo-olfativas, cuya utilización no es aconsejable durante las sesiones de meditación porque los mismos se convierten en unos estímulos adicionales cuya influencia, salvo en casos de sordera o resfríos crónicos, es imposible de ser evitada.

Finalmente, el último consejo en materia del lugar es experimentar: probar, al inicio, los diferentes lugares hasta encontrar aquel, en el que una se sienta confortable y cómodo.

 

El tiempo y el horario

¿En qué momento del día habría que meditar? No existen reglas algunas estrictas al respecto pero, el lograr el sosiego y la quietud, que requiere este tipo de meditación, es indudablemente más fácil por la mañana temprano, antes de que los otros miembros de la familia y los vecinos se levanten. Meditar temprano ayuda a exhibir una postura positiva durante el día y enfrentar los problemas con mejor predisposición de ánimo. Además, en este primer momento nuestra mente, por lo general, es clara y el cuerpo descansado. Lógicamente, esto depende del grado de descansado que hemos logrado durante la noche. De nada sirve levantarse muy temprano y pasar esta primera media hora del día dormitando sentado en cuclillas: para sentarnos a meditar, necesitamos cerciorarnos de que estemos plenamente despiertos; una ducha fría podría ser un buen recurso para lograr este fin.

Cuando uno no está demasiado cansado mentalmente después del trabajo, un atardecer es otro buen momento para realizar la meditación. Algunos, acostumbran hacerlo inmediatamente antes de acostarse a dormir. Esta práctica ayuda a que la mente se descargue y se purifique y el sueño resulte un verdadero descanso.

Sin embargo, la regla general debe ser la flexibilidad y perseverancia: adecuar nuestros horarios a las posibilidades que tenemos, a nuestros gustos y preferencias, pero recordando siempre que el verdadero efecto de nuestro esfuerzo sólo lo podremos ver siendo constantes.

Ahora, ¿durante cuánto tiempo hay que meditar? Esta es una otra pregunta que tampoco tiene una sola respuesta. En primer lugar, esto depende de nuestras experiencias previas con la práctica de concentración, sin importar la tradición en la cual la hayamos desarrollado. Una mente no entrenada, difícilmente puede quedarse quieta o concertada en un solo objeto ni siquiera por el espacio de 5 o 10 minutos. Sin embargo, las técnicas que compartimos en lesta sección están estructuradas en varias secciones de tal manera, que puedan facilitar al meditador, aún principiante, la posibilidad de llegar a meditar entre unos veinte minutos y media hora en cada sesión, desde el mismo inicio. Por otro lado, la duración de las sesiones depende, en segundo lugar, del temperamento y las predisposiciones de cada uno. En línea general, podríamos considerar un tiempo prudencialmente suficiente, el de veinte minutos diarios durante las primeras semanas. Con el tiempo, podemos aumentar de a poco la duración de cada sesión, para llegar luego de tres meses de práctica regular, a sesiones de 40 a 50 minutos, quizá una hora, aproximadamente.

En ningún caso, el meditador debe forzarse demasiado a sí mismo para lograr estar sentado por el espacio de un determinado tiempo como si se tratara de una competencia. Antes bien, deberíamos ir progresando despacio a nuestro propio ritmo, tratándonos siempre con gentileza. Al meditar, no estamos procurando batir ni siquiera nuestro propio record , ni competir con nadie: si olvidamos esta simple verdad, las técnicas orientadas a lograr el calma mental y el sosiego, tan solo aumentarán nuestra ansiedad, stress y sufrimiento. Debemos ir prolongando el tiempo que dedicamos a la meditación solamente a medida que descubramos que la misma nos hace bien y espontáneamente le otorgamos una mayor importancia para nuestras vidas.

Finalmente, ¿cómo controlamos el tiempo de las sesiones? ¿Es aconsejable usar el reloj? En principio, no habría ningún inconveniente en usar el reloj, pero deberíamos tener en cuenta algunas consideraciones. En primer lugar, el uso de un reloj mecánico de cuerda puede resultar inconveniente por varias razones. Su continuo “tic-tac” al principio parece un sonido suave e insignificante, pero al tratar de entrar en grados mas profundos de concentración puede convertirse en un ruido realmente molesto que dificulte la misma. Por otro lado, cuando el meditador logra finalmente un estado de concentración más profundo el “tic-tac” del reloj mecánico puede llegar a ser una especie de “mantra adormecedora” que nos hará entrar en un desaconsejable estado de pereza mental o somnolencia. De modo que, si vamos a usar algún reloj, mejor que el mismo sea digital y que no produzca ruidos. En segundo lugar, la utilización del reloj no debería convertir nuestra meditación en una especie de contemplación de la manecilla del segundero y esto sí estaría sucediendo si mirásemos el reloj cada rato. Además, esta frecuente observación del reloj nos alejaría de la paz y estaríamos cada vez más inquietos por el tiempo, el cual nos parecería que transcurre muy lento y que aquella pequeña fracción de él que decidimos dedicar a meditar, parece que nunca acaba; las sesiones de meditación se convertirían en un martirio. El consejo general que en este sentido ofrecen los maestros de meditación, es nunca mirar el reloj hasta tanto nos parezca que el tiempo que hemos decidido dedicar a la práctica había transcurrido.

También podemos utilizar las "campanas digitalizadas" de meditación que son archivos de audio que tocan la campana al inicio y al final de un tiempo determinado. La podemos encontrar en nuestra sección "Multimedia" .

 

La vestimenta

Muy poco se puede decir al respecto de la vestimenta, salvo que la misma no se convierta para nosotros en causa de estorbo durante la sesión de meditación. Para esto, debemos procurar un vestido suave, no ajustado en ningún lugar. Por esa misma razón, es mejor meditar con los pies descalzos. Tradicionalmente, en los templos budistas o en lugares de meditación no se puede entrar con los calzados puestos, probablemente debido a esta misma razón.

 

La postura

El aspecto relacionado con la postura de la meditación debe ser aclarado con bastantes detalles. Primeramente, porque existen otras tradiciones y escuelas de meditación en los cuales se pone un énfasis sumamente importante en la postura física del meditador como en aspecto esencial para la práctica. En algunas escuelas de meditación Zen, por ejemplo, el maestro no empezará a enseñar a meditar a nadie, hasta tanto aprenda previamente a estar sentado por largo tiempo en posición de loto. Otros movimientos del tinte esotérico consideran que la postura del cuerpo del meditador es decisiva en su progreso espiritual, por lo cual le asignan significados transcendentales y metafísicos: la posición de las manos, piernas, espalda, etc. adquieren de esta manera, un sentido misterioso y sumamente importante. Sin embargo, dentro de la tradición budista Theravada, la meditación es concebida principalmente como un ejercicio mental y la postura física es considerada decididamente secundaria . Esto no quiere decir, sin embargo, que la misma sea totalmente insignificante: la postura es importante pero no en el sentido metafísico o esotérico, sino porque, principalmente, proporciona al meditador el sentimiento de estabilidad y firmeza en su cuerpo. Este sentimiento es importante, porque la misma estabilidad se pretende luego transmitir hacia la mente, lo que permite enfocar toda la atención al ejercicio de la meditación, en vez de tener que lidiar con los asuntos relacionados con el balance corporal y la fatiga muscular. Una correcta y cómoda posición física debe ser lo suficientemente confortable para evitar dolores, pero no tan cómoda que nos haga entrar en adormecimiento.

 

1. Posiciones tradicionales

Las posiciones tradicionales de meditación se realizan en el suelo, por lo cual es recomendable, la utilización de las pequeñas almohadas. Para algunos, la posición ideal para este tipo de meditación es la del loto completo. En ella, ambas rodillas del meditador descansan en el suelo, las piernas se cruzan a la altura de las pantorrillas de la siguiente manera: el pie izquierdo descansa sobre el muslo derecho, mientras que el pie derecho descansa sobre el muslo izquierdo; las plantas de ambos pies se dirigen hacia arriba. Está posición, según los expertos, proporciona la mejor estabilidad del cuerpo.

No hace falta agregar que la posición anteriormente descrita requiere de un cuerpo ejercitado y flexible. No todas las personas son capaces permanecer sentadas en esta posición, por eso, muchas veces se recomienda el uso de una posición conocida como “medio loto”. En ella, también se trata de que las rodillas descansen sobre el suelo, pero las piernas están entrecruzadas a lo lardo en forma paralela, una sobre la otra.

En ambas posiciones, las manos descansan sobre el regazo con las palmas dirigidas hacia arriba. La mano derecha colocada encima de la palma izquierda con los pulgares unidos y con las muñecas que también tocan los muslos.

En todo momento hay que procurar evitar la tensión en cualquier parte del cuerpo. La espalda con la parte trasera de la cabeza deben formar una línea recta, para lo cual, la papada debe dirigirse algo hacia arriba.

Aunque la posición de medio loto es más fácil que la primera, aún así, para muchas personas de nuestra cultura occidental, que están acostumbradas al uso de las sillas, y especialmente cuando se trata de personas mayores de edad, esta postura igualmente es muy difícil de ser lograda. En estos casos se recomienda ensayar con estar sentado simplemente con las piernas cruzadas en frente; si aún esto es difícil, usar la variante de apoyar la espalda sobre la pared. Si ni siquiera esto resulte adecuado o cómodo, tenemos que optar por posturas más “occidentales” con la utilización de sillas o taburetes.

 

2. Uso de sillas o taburetes

Para escoger una silla adecuada, téngase en cuenta que su asiento sea plano y la misma carezca de apoyos en los costados. En lo posible hay que sentarse sin la utilización del respaldo con la espalda recta, con la cabeza y las manas colocados de la misma manera como en las posiciones tradicionales. Las piernas una al lado de la otra con los pies apoyados firmemente en el suelo.

Un intermedio entre sentarse en el suelo y en la silla, la cual aprovecha muchos de los aspectos de las posiciones tradicionales, es el uso del pequeño taburete, como usan en los tempos Zen japoneses. En este caso, la posición es de un aparente arrodillado, pero las piernas van por debajo del taburete hacia atrás, y entonces todo el peso del cuerpo no se apoya en las rodillas sino en el tabutere mismo sobre el cual el meditador está sentado. El taburete debería ser levemente inclinada hacia adelante: una diferencia de 3 cm entre la parte delantera y trasesa, con el ancho de 20 a 25 cm, sería lo ideal (la altura de la patas podría ser, en este caso, de 17 y 20 cm, respectivamente).

 

3. Permanecer en la posición elegida

Una vez que hayamos escogido una determinada posición para meditar, es importante no cambiarla, en lo posible, durante toda la sesión. Para lograrlo, es bueno ir ensayando las diferentes posiciones, estar sentado en cada una de ellas a lo largo de algunos minutos para comprobar si podemos lograr una postura razonablemente confortable, en la cual nuestro cuerpo pueda permanecer erecto y balanceado. Hay que ver si dicha postura nos permite no inclinarnos continuamente hacia atrás y adelante, a la izquierda y a la derecha.

¿Por qué no conviene cambiar la posición durante la meditación? Simplemente, porque cuando nos parezca que una determinada postura es incómoda y la cambiamos inmediatamente, descubriremos pronto que la nueva posición se vuelve igualmente fatigosa, de modo que la queramos cambiar otra vez y así sucesivamente, toda nuestra sesión de meditación se convertirá en continuo cambio de posición y nunca llegaremos a un nivel deseado de concentración.

Si una determinada posición nos causa demasiado dolor, entonces debemos aprender cómo lidiar con él, un tema que trataremos un poco más adelante, cuando analizaremos las diferentes dificultades que pueden aparecer durante una sesión de meditación.

 

¿Como lidiar con las dificultades durante la meditación?

Durante la meditación encontraremos una serie de problemas que es bueno tener en cuenta desde antes de empezar a practicarla para, de esta manera, en los momentos de dificultad no estar desprevenidos, sino más bien, aprovecharlos como parte de la vida y de la meditación misma, como una valiosa enseñanza. Cuando en la época de mi juventud practicaba el judo, el tradicional deporte japonés, mi entrenador repetía a menudo la sentencia del Profesor Jigoro Kano, el fundador de este arte, en la cual se encerraba la quintesencia de dicho deporte: “estira, cuando el adversario te empuja y empujes, cuando él te estira, de esta manera unes su fuerza a la tuya". Igualmente, las dificultades, tienen sus fuerzas que a veces son menores otras veces mayores, pero que siempre son desgastanten cuando se lucha con ellas. La forma de lidiar con las dificultades que aparecen durante la meditación tiene la misma filosofía que la del judoka: aprovechar la fuerza de tu adversario. Cuando empezamos a luchar con alguien o con algo, ahí mismo ya le otorgamos un poder que antes no tenía. La regla general consiste, entonces, en tratar a todas y cada una de estas dificultades que se mencionan a continuación como objetos de meditación: darles la bienvenida y verlos como algo que nos ayuda en la práctica de concentración. Percibirlos como algo, que nos ayuda a vivir y a ser pacientes. Porque así como la vida se compone de situaciones agradables y desagradables, así también la meditación, a veces nos proporciona momentos satisfactorios y otras veces penosos; la práctica consiste en saber analizarlos y enfrentarlos, antes de evadirlos; mirarlos de frente. Si lo aprendemos durante las sesiones de meditación, lo podremos practicar en todos los momentos de la vida. Consecuentemente, a todas estas dificultades hay que verlas como si fueran nuestros amigos.

 

1. El dolor físico

Uno de los problemas más frecuentes consiste en cómo combatir el dolor físico que sienten las personas cuando permanecen en la misma posición física por largo periodo del tiempo, más aún, cuando escogen una de las tradicionales posturas asiáticas, no siendo suficientemente preparados y acostumbrados a las mismas. El mejor consejo consiste en ir practicando dichas posturas de a poco, utilizando mientras tanto, las sillas o taburetes, aunque el dolor igualmente puede aparecer en estos últimos casos. Para evitarlo, cualquiera sea la posición que escojamos, no olvidemos usar la vestimenta no apretada, estar sentados siempre con la espalda bien erguida, con las manos reposadas suavemente, sin tensionar ninguna parte del cuerpo. No permitamos que la cabeza se incline hacia abajo sino que en todo momento esté en la línea recta con la columna vertebral. Si aún así, el dolor no desaparece, los maestros aconsejan tomarlo como objeto mismo de meditación. No luchar con él sino examinarlo atentamente. El hecho de localizarlo con precisión, muchas veces ayuda en relajar aquellas parte del cuerpo que se ven por él afectadas y este sólo paso de por sí, disminuye el dolor. También podemos contemplar la parte mental del dolor: ver cómo la mente se ve absorbida por el sentimiento del dolor, con qué fuerza quiere rechazarlo, etc. La misma concentración y contemplación del dolor hace que, muchas veces, el mismo desaparece y hace que podamos ver su impermanencia (anicca, en pali), uno de los principales objetivos de nuestra meditación. En algunos casos, cuando el dolor sigue permaneciendo, podemos constatar que el mismo es algo diferente del sufrimiento que fue originado por este dolor en nuestra mente. Consecuentemente, podremos descubrir y experimentar que, de pronto el sufrimiento desaparece y queda sólo el dolor. Para cerrar esta parte, es importante señalar que en ningún caso, debemos entender este proceso como una práctica de masoquismo: cuando el dolor se vuelve insoportable, simplemente debemos cambiar de posición, pero tratando siempre que éste sea el último recurso y que sea hecho atenta y conscientemente.

 

2. Somnolencia, estupor o letargo

Todos estos estados mentales pueden ser un efecto colateral de la concentración cada vez más profunda. A medida que nos relajamos, nuestro sistema nervioso emite impulsos suaves y apacibles que en un principio son agradables, pero que desvían nuestra atención del objeto de meditación que elegimos y es por eso que debemos evitarlos a toda costa. Tampoco en este caso, la estrategia consiste en luchar con estos sentimientos, sino en constatar su aparición, no permitir llevarnos por ellos sino observarlos atentamente hasta que desaparezcan. La atención es el mejor antídoto en estas situaciones. Por otro lado, no debemos descuidar las causas mucho más “naturales” de estos fenómenos, como por ejemplo, una comida demasiado suculenta antes de la meditación o un día duro de trabajo que precedió nuestra sesión. Se recomienda que la comida antes de la meditación sea liviana y nuestras necesidades físicas de cansancio sean previamente satisfechas. Uno de los recursos intermedios para no rendirse delante la somnolencia o letargo es tomar unas tres inhalaciones atentas y muy profundas para después volver a nuestro corriente objeto de meditación.

 

3. Aburrimiento

Los estados mentales descritos en el apartado anterior pueden ser causados también, no tanto por los mayores niveles de concentración sino por el sentido de aburrimiento, lo que indica que la concentración prácticamente no existe. Es importante despejar todos los prejuicios sobre los objetos de nuestra meditación: no debemos dar por sentado que sean aburridos, porque alguna vez nos produjeron el aburrimiento. Cada sesión de meditación debe ser tratada como una aventura nueva que nos traerá experiencias nunca antes vividas. Observar el objeto de nuestra meditación como algo visto por primera vez: de hecho, la respiración, por ejemplo, que experimentamos en este mismo instante es única e irrepetible; nunca antes la tuvimos ni nunca jamás la volveremos a experimentar.

La otra táctica consiste en observar el mismo sentimiento del aburrimiento: convertirlo en objeto de nuestra meditación. ¿Cuáles son los sentimientos con los que se relaciona? ¿En qué momento empezó? ¿Qué es lo que nos sugiere? Etc.

 

4. Miedo, intranquilidad y otras experiencias “extrañas”

Mientras que unos se aburren, otro experimentan sensaciones extrañas que pueden producir temores u otros sentimientos intranquilos e indeseados. A veces, el temor durante la meditación aparece sin aparente causa específica alguna, otras veces es consecuencia del miedo frente a algo desconocido o producto de experiencias pasadas olvidadas, pero grabadas en el inconsciente. Cualquiera que fuese la causa o el tipo del miedo o intranquilidad experimentado, no debemos permitir ser arrastrados por él y tratar, más bien, de percibir su verdadera esencia, es decir, verlo como un simple estado mental momentáneo, un distractor en nuestra meditación. Empezar a “observarlo” desde cierta distancia, no identificarnos con él y, eventualmente, analizarlo: ¿cómo y de dónde apareció? ¿qué intensidad tiene? ¿es un sentimiento de miedo fijo o cambiante? ¿cómo desaparece?

Muchas veces, la intranquilidad es el producto de algunos acontecimientos pasados: sentimientos de culpa, enfermedades o deseos insatisfechos. Generalmente, las personas tenemos la capacidad de camuflar estos sentimientos y evadirlos, pero durante la meditación debemos aprender a mirarlos de frente, constatar su existencia sin reprocharnos por ello, pero tampoco identificarlos con nosotros mismos sino observar su transitoriedad, verlos como unos superficiales estados de la mente que aparecen y desaparecen como pompas de jabón y constatar, de esta manera, que en realidad, no tienen poder alguno sobre nosotros.

Finalmente, hay personas que experimentan una serie de sensaciones extrañas, algunos sienten como si flotaran en el aire o en la superficie del agua, otros como si se inflaran y desinflaran con cada respiración. En otros casos aparecen, en un grado mucho mayor, las sensaciones corporales de picaduras, pinchazos, puntadas, etc. simplemente porque la percepción mediante los órganos sensoriales se vuelve más sensible gracias a un mayor grado de atención que vamos adquiriendo. Ninguna de estas sensaciones es paranormal y el meditador no debe prestarles mayor importancia. Hay que tratarlas tal como son: simples sensaciones que aparecen, permanecen y desaparecen. No nos dejemos involucrar con ellas.

 

5. Desaliento y rechazo hacia la meditación

Cuando tratamos nuestra práctica con mucha seriedad y los resultados no son los esperados, nuestro progreso no cumple con las expectativas y parece imperceptible, muchas veces nos sentimos incapaces de seguir este camino, desalentados y hasta con rechazo hacia la meditación misma. Cuando esto ocurra sepamos, en primer lugar, que este es un fenómeno muy común que le pasó casi a todos los meditadores en la fase inicial de su práctica y que, por lo general, se origina a causa de una demasiada y exagerada expectativa que ponemos en esta práctica. Sin bien es cierto que la meditación sostenida, a mediano y largo plazo, puede proporcionar un bienestar incomparablemente mayor, la disminución y hasta cese de las frustraciones y sufrimientos, también es cierto que esto nunca sucede desde el inicio y se aleja de nosotros cuando se vuelve tan solo un otro objeto de nuestras ansiedades. De modo que, en segundo lugar, cuando nos enfrentamos al desaliento o pensamos que estamos derrotados, tratemos nuestra derrota como una reacción emotiva más, no permitiendo que la misma nos envuelva y se desarrolle. Si la observamos desde una perspectiva, si tomamos conciencia del sentimiento de la derrota, el mismo simplemente desaparecerá. A parte que, la toma de conciencia nos permite volver al principal objetivo de nuestra práctica: permanecer despiertos, atentos a los estados de ánimo que vienen, permanecen y desaparecen. No importa si dichos estados son positivos, negativos o neutros, lo importante es mantenernos conscientes de la existencia de los mismos y de su carácter transitorio. En vez de centrarnos en el sentimiento de la derrota, constatemos que estamos conscientes de él, en otras palabras, que estamos siguiendo con la correcta práctica y que esto, en ningún caso puede significar la derrota: ¡Cuando Usted está conciente de su desaliento, Usted está meditando!

Cuando el desaliento persiste y produce un rechazo hacia la meditación, lo mejor que podemos hacer es practicarla a pesar de todo: Es más fácil vencer dicho rechazo durante la sesión de meditación que llevarlo consigo durante todo el día. En la mayoría de los casos, este rechazo es la consecuencia del desaliento y desaparece junto con la superación del mismo. En otros, es el producto de un mal día, de una desafortunada intervención nuestra, etc. En todos los casos se trata de algo pasajero que debe ser debidamente observado y analizado para que la verdadera causa de nuestro rechazo hacia la meditación aparezca y así, pueda ser superada.

El problema sería mayor, si la práctica de meditación se enfrenta con el sentimiento de rechazo de manera continua. Si la misma nos deviene como un doloroso ejercicio diario, como tiempo de inevitable aburrimiento y sufrimiento o como una pesada carga que estamos obligados a soportar, significa que existe un error mucho más profundo en el enfoque que damos a nuestra práctica. En este caso, debemos examinar detenidamente nuestras motivaciones y recordar que la meditación sencillamente significa estar atento. Verla como una especie de juego, tratarla como al más preciado amigo, hasta que los sentimientos negativos hacia ella, desaparezcan por completo.

Finalmente, cuando nada de esto resulte, es aconsejable buscar las personas experimentadas en este tipo de meditación y solicitar su guía personal y ayuda.


BIBLIOGRAFÍA

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Revisado: 2/05/2009 (Isi)

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Anton Baron

Anton Baron (1.957 - ). Filósofo, teólogo y educador de origen polaco radicado en Paraguay desde hace veinte años. Autor del libro "El camino de Buda hacia la liberación" (2006) y otros libros de temáticas diversas.

Es miembro de la Pali Text Society. Fundador y responsable de los contenidos de Bosque Theravada.

Ver la biografía de Anton Baron y sus artículos publicados en Bosque Theravada.