Jueves, 04 Septiembre 2008 16:49

MN 22 Alagaddupama Sutta - 1. El escenario

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Esto he oído. En una ocasión, el Bienaventurado estaba en Savatthi, en el Bosquecillo de Jeta, en el Parque de Anathapindika.

En esta ocasión, en un monje de nombre Arittha, que anteriormente se dedicaba a matar buitres, surgió el siguiente pernicioso punto de vista: “Aunque el Bienaventurado hubo enseñado acerca de las llamadas ‘obstrucciones’, tal como yo entiendo esta enseñanza, estas cosas no necesariamente tienen que ser obstáculos para quienes se entreguen a ellas”.

Y varios monjes, al escuchar acerca de esto, se acercaron al monje Arittha, quien anteriormente se dedicaba a matar buitres, y le preguntaron: “¿Es cierto, amigo Arittha, que surgió en ti este pernicioso punto de vista: ‘Aunque el Bienaventurado hubo enseñado acerca de las llamadas «obstrucciones», tal como yo entiendo esta enseñanza, estas cosas no necesariamente tienen que ser obstáculos para quienes se entreguen a ellas’?”

“Así es, amigos. Efectivamente yo mantengo el punto de vista, según el cual las obstrucciones, acerca de las cuales hubo enseñado el Bienaventurado, en realidad no pueden ser obstáculos para alguien que se entregue a ellas”.

Entonces, aquellos monjes deseosos de persuadir a Arittha para que abandone este pernicioso punto de vista, lo presionaban, cuestionaban y exhortaban de esta forma: “No digas esto, amigo Arittha, no digas así. No malinterpretes las palabras del Bienaventurado. No es correcto tergiversarlo de esta manera. Nunca, el Bienaventurado pudiese haber dicho semejante cosa. Por el contrario, de diferentes maneras el Bienaventurado enseñaba sobre las obstrucciones como cosas que necesariamente se convierten en obstáculos para alguien que se entrega a ellas. Él dijo también que los deseos sensoriales ofrecen muy poca gratificación, y causan mucho sufrimiento y gran desilusión. El peligro que ellos representan es mayor. Los deseos sensoriales, dijo además el Bienaventurado, son como los huesos desnudos, como un bulto de carne, como la antorcha de paja, como el pozo con carbones ardientes, como un sueño, como un árbol con frutos amargos, como la cuchilla del carnicero, como la lanza y la espada, como la cabeza de la serpiente [1]. Todos estos símiles usó el Bienaventurado para enseñar que los deseos sensoriales ofrecen muy poca gratificación, y causan mucho sufrimiento y gran desilusión. El peligro que ellos representan es mayor”.

Sin embargo, aunque el monje Arittha, que anteriormente se dedicaba a matar los cuervos, fue así presionado, cuestionado y exhortado, permaneció obstinadamente adherido a su pernicioso punto de vista.

Cuando los monjes se dieron cuenta de que no iban a poder persuadir al monje Arittha, que anteriormente se dedicaba a matar cuervos, que abandonara este pernicioso punto de vista, se fueron junto al Bienaventurado, a quien saludaron respetuosamente y se sentaron a un lado. Estando sentado ahí, le relataron todo lo ocurrido agregando: “Venerable señor, ya que no pudimos persuadir al monje Arittha, que anteriormente se dedicaba a matar cuervos, que abandonara este pernicioso punto de vista, vinimos a reportar este hecho al Bienaventurado”.

Entonces, el Bienaventurado se dirigió a un monje con estas palabras: “Ve, monje, y di al monje Arittha, que anteriormente se dedicaba a matar cuervos, lo siguiente: “Amigo, el Maestro te llama”. “Sí, señor”, respondió el monje y fue junto al monje Arittha, a quien dijo: “Ven, amigo Arittha, el Maestro te llama”. “Sí, amigo”, respondió el monje Arittha y fue a encontrarse con el Bienaventurado. Al llegar ahí, lo saludó respetuosamente y se sentó a un lado. Cuando ya estaba sentado ahí, el Bienaventurado se dirigió a él con estas palabras:

“¿Es cierto, Arittha, que surgió en ti este pernicioso punto de vista: ‘Aunque el Bienaventurado hubo enseñado acerca de las llamadas «obstrucciones», tal como yo entiendo esta enseñanza, estas cosas no necesariamente tienen que ser obstáculos para quien se entregue a ellas’?” “Así es, venerable señor. Efectivamente yo mantengo el punto de vista, según el cual las obstrucciones, acerca de las cuales hubo enseñado el Bienaventurado, en realidad no pueden ser obstáculos para alguien que se entregue a ellas”.

“Oh hombre despreciable; ¿Quién te habrá dicho que yo enseñaba de semejante forma? Acaso, ¿no había yo enseñado, por el contrario, despreciable hombre, de diferentes maneras sobre las obstrucciones como cosas que necesariamente se convierten en obstáculos para alguien que se entregue a ellas? Los deseos sensoriales, así lo he dicho, ofrecen muy poca gratificación, y causan mucho sufrimiento y gran desilusión. El peligro que ellos representan es mayor. Los deseos sensoriales, dije también, son como los huesos desnudos, como un bulto de carne, como la antorcha de paja, como el pozo con carbones ardientes, como un sueño, como un árbol con frutos amargos, como la cuchilla del carnicero, como la lanza y la espada, como la cabeza de la serpiente. Todos estos símiles usé para enseñar que los deseos sensoriales ofrecen muy poca gratificación, y causan mucho sufrimiento y gran desilusión. El peligro que ellos representan es mayor. Pero tú, hombre despreciable, lo has tergiversado mediante tu propia mala interpretación, por lo cual te dañaste a ti mismo y debilitaste tu propio futuro, que será doloroso, por la cantidad de acciones demeritorias que acumulaste”.

Entonces, el Bienaventurado se dirigió a los monjes con estas palabras: “Monjes, ¿qué pensáis vosotros: existe, aunque sea tan pequeña como una chispa, algo de sabiduría en la enseñanza que sostiene Arittha, el que anteriormente se dedicaba a matar cuervos?”

“Ciertamente no, venerable señor. ¿Cómo podría existir, señor?”

Al escuchar estas palabras, Arittha, que anteriormente se dedicaba a matar cuervos, bajó los brazos, inclinó la cabeza y permaneció en silencio, apesadumbrado y confundido.

Entonces el Bienaventurado, viendo que Arittha bajó los brazos e inclinó la cabeza, permaneciendo silencioso, apesadumbrado y confundido, se dirigió a él con estas palabras: “Despreciable hombre, por tu propio pernicioso punto de vista serás reconocido. Y, acerca de este tema, tengo una pregunta a los monjes”.

Acto seguido, el Bienaventurado se dirigió a los monjes con estas palabras: “Monjes, ¿tenéis vosotros el mismo entendimiento del Dhamma por mí enseñado, que tiene este monje Arittha, el que anteriormente se dedicaba a matar cuervos y que, luego, ha tergiversado mis palabras mediante su propia mala interpretación, por lo cual causó daño a sí mismo y debilitó su propio futuro, que será doloroso, por la cantidad de acciones demeritorias que acumuló?”

“Ciertamente, no, señor. En diferentes maneras el Bienaventurado enseñaba sobre las obstrucciones como cosas que necesariamente se convierten en obstáculos para alguien que se entregue a ellas. Los deseos sensoriales, así él ha dicho, ofrecen muy poca gratificación, y causan mucho sufrimiento y gran desilusión. El peligro que ellos representan es mayor. Los deseos sensoriales, dijo también el Bienaventurado, son como los huesos desnudos, como un bulto de carne, como la antorcha de paja, como el pozo con carbones ardientes, como un sueño, como un árbol con frutos amargos, como la cuchilla del carnicero, como la lanza y la espada, como la cabeza de la serpiente. Todos estos símiles usó el Bienaventurado para enseñar que los deseos sensoriales ofrecen muy poca gratificación, y causan mucho sufrimiento y gran desilusión. El peligro que ellos representan es mayor”.

“Bien, monjes. Es bueno que vosotros entendáis el Dhamma, por mí enseñado, de esta forma. En diferentes maneras yo enseñaba sobre las obstrucciones... [se repite el contenido del párrafo anterior] ... El peligro que ellos representan es mayor. Pero, este monje Arittha, el que anteriormente se dedicaba a matar cuervos y que, luego, ha tergiversado mis palabras mediante su propia mala interpretación, causó daño a sí mismo y debilitó su propio futuro, que será doloroso, por la cantidad de acciones demeritorias que acumuló. Esto, por largo tiempo, va a traer a este despreciable hombre mucho sufrimiento.

“Monjes, ciertamente es imposible que alguien que se entrega a los placeres sensuales lo haga sin tener deseos sensuales, sin tener las percepciones de los deseos sensuales, ni sin tener los pensamientos sobre los deseos sensuales”.

 


[1] Todas estas imágenes son símiles que fueron ofrecidos por el Buda en diferentes momentos y circunstancias, y se encuentran dispersos a lo largo de los suttas. Así, los primeros siete están tratados con detalles en MN 54. El símil sobre la cuchilla del carnicero, se puede leer en MN 23. Mientras que el símil sobre la lanza y la espada, aparece en SN 5,1 y el de la cabeza de la serpiente, en SN 4,1.

 

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