Sábado, 24 Mayo 2008 13:05

El asesino que se convirtió en santo

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66. El capellán del Rey Pasenadi era un brahmán bien educado pero muy supersticioso, llamado Bhagavva Gagga. Su trabajo era hacer los horóscopos, aconsejar sobre la mejor época para comenzar proyectos, y proteger de las malas influencias con mantras y encantamientos. Estuvo muy feliz cuando su mujer dio a luz a un niño, pero cuando se realizó su horóscopo, su alegría se convirtió en temor. El horóscopo indicaba que el niño crecería con tendencias criminales. Lleno de temor supersticioso, los padres decidieron llamar al niño Ahimsaka, “sin daño”, con la esperanza de que esto podría contrarrestar la influencia de los astros. El niño se convirtió en un joven distinguido, bueno en los estudios y obediente de sus padres. Pero para asegurarse de que el niño nunca se volviera malo, ellos le insistían constantemente sobre la importancia de obedecerles y hacer lo que se le decía.

Finalmente, se fue de su casa hacia Taxila, para terminar sus estudios superiores. En aquellos días, los jóvenes brahmanes iban a Taxila y vivían en la casa de un brahmán erudito para aprender la cultura tradicional y al regreso trabajar en su casa. La relación sería como la de un padre con su hijo. Ahimsaka era un estudiante particularmente obediente que se granjeó la atención especial de su maestro, pero eso también creaba celos en los otros estudiantes. Ellos intentaron que el maestro se volviera contra Ahimsaka. Según el plan, uno a uno iría con el maestro y le comentarían que su discípulo estaba tratando de usurpar su posición. Al comienzo el maestro despreció esto como un sinsentido, pero gradualmente se sembraron las semillas de la duda, y finalmente brotaron como sospecha, y el maestro se convenció de la hostilidad de Ahimsaka hacia él. “Este joven es fuerte en cuerpo y bastante capaz de hacerme daño. Debo librarme de él y asegurarme de que no vuelva jamás”, pensó. Un día, el maestro llamó a Ahimsaka y le dijo: “Has terminado tus estudios, ahora debes pagarme mis honorarios”. “Seguro, ¿cuánto pides por tus honorarios?” “Debes traerme mil dedos índice de manos humanas”. “Seguramente no me está pidiendo eso”, respondió horrorizado Ahimsaka. “Has tomado de mí, y ahora debes hacer lo que te pido. Ahora ve, y trae mil dedos”. La esperanza del maestro era, por supuesto, que en el proceso de llevar a cabo esta tarea Ahimsaka sería asesinado y no volvería a verlo jamás.

67. El infeliz estudiante regresó a Kosala y se fue a vivir al bosque Jalani, donde con renuencia primero, y luego sin escrúpulos, comenzó a acechar a los viajeros solitarios, a matarlos, a cortarles uno de sus dedos y a vivir de las posesiones que les había robado. Al comienzo colgaba los dedos de un árbol donde los pájaros picoteaban la carne, después de lo cual los huesos caían al suelo y se dispersaban. Así que después de algún tiempo, Ahimsaka comenzó a enhebrar los dedos en una cuerda que se colgaba del cuello. Esto le daba una apariencia terrible, y el por entonces notorio y temido asesino llegó a ser conocido como Angulimala (Collar de dedos). Finalmente, por medio del asesinato, y tal vez cortando los dedos de cadáveres que no eran cremados en la antigua India, sino abandonados en campos, Angulimala había acumulado 999 dedos.

68. Sus padres llegaron a enterarse de que el asesino de quien todos hablaban era su propio hijo. Turbado y avergonzado, el viejo brahmán desheredó a su hijo. Su madre no podía hacerle eso a su hijo, y planeó ir hasta el bosque en el que se sabía que operaba su hijo e intentar hablarle. Justo cuando parecía que Angulimala iba a matar a su propia madre, entró en contacto con el Buda.

69. Cuando el Buda escuchó sobre Angulimala, se fue de Jetavana tranquilamente y se estableció en el bosque Jalani, a unos cuarenta kilómetros de distancia. Mientras el Buda caminaba por el sendero, lo pasaban grupos de viajeros que le advertían que no siguiera solo por el peligro. Él simplemente sonreía y seguía su camino. Cuando Angulimala vio al Buddha, fue el más sorprendido: “Esto es hermoso de hecho. Normalmente sólo pasan por este camino grupos de veinte, treinta, o cuarenta viajeros, y aquí hay un asceta viajando solo. Lo mataré”. Tomando su espada y su escudo, Angulimala salió de la jungla y comenzó a perseguir al Buddha, pero aunque corría lo más rápido que podía, no lograba atrapar al Buddha, que sólo caminaba. Intentó aumentar la velocidad, pero aun así no podía acercarse al Buddha. Completamente confundido, Angulimala ordenó. “¡Quédate quieto, asceta!” El Buda se volvió y lo miró, respondiendo: “Estoy quieto. ¿Por qué no te quedas quieto tu también?” Aun más confundido, Angulimala preguntó: “¿Qué quieres decir, asceta?” El Buddha dijo: “Yo estoy quieto ya que no mato a ningún ser vivo. Tú matas, y por lo tanto no estás quieto”.

70. Las cosas terribles que había hecho y la miseria de su vida lo hicieron reflexionar y romper en llanto. Arrojó sus armas, se inclinó ante los pies del Buda y solicitó ser ordenado monje. El Buda lo ordenó y fueron juntos hacia Savatthi. Unos días después, mientras el Buda y Angulimala estaban sentados en Jetavana, llegó de visita el Rey Pasenadi con una comitiva de soldados fuertemente armados.

“¿Adónde vas, Oh Rey?” preguntó el Buda.

“¿Hay alguna disputa limítrofe con Magadha?”

“No Señor, dijo el Rey, hay un asesino terrible operando en el reino. A causa de él, las personas que viven en las áreas rurales están empacando sus pertenencias, abandonando sus aldeas, y yendo hacia la seguridad de la ciudad. Ahora los ciudadanos me han pedido que me libre de él y he salido a buscarlo”.

El Buda le preguntó: “Si oyes que este asesino ha abandonado su vida terrible y se ha hecho monje, ¿qué harías, Oh Rey?”

El Rey dijo: “Supongo que me inclinaría ante él y lo trataría como a cualquier otro monje. ¿Pero es posible algo así, Señor?”

El Buda estiró su brazo y dijo: “Este, Oh Rey, es Angulimala”.

El Rey retrocedió atemorizado, pero el Buda le reaseguró: “No tema, Oh Rey. No hay necesidad de alarmarse”.

El Rey se acercó más, miró cuidadosamente, y preguntó: “¿Realmente este es Angulimala, Señor?”

“Sí, Oh Rey”.

Entonces el Buda se dirigió a Angulimala: “¿Cómo se llama tu padre? ¿A qué clan pertenece tu madre?”

“Mi padre es Gagga y mi madre es Mantani”.

“Entonces deben estar de buen ánimo. Si necesitas algo haré un esfuerzo para proveértelo”, dijo el Rey nerviosamente.

“Gracias, señor, pero tengo suficientes mantos”, respondió Angulimala.

El Rey Pasenadi se sentó cerca del Buda y dijo: “Señor, es realmente maravilloso que usted pueda pacificar sin palos ni espadas a quienes yo no puedo pacificar sin palos ni espadas”.

El Buda sonrió.

71. Angulimala llevó una vida simple y solitaria, y bajo la guía del Buddha logró finalmente la iluminación. Pero aun entonces, había muchos que recordaban su pasado terrible y la gente lo evitaba. Frecuentemente, regresaba de su ronda de limosnas sin comida y a veces la gente le tiraba piedras. Una vez regresó de su ronda de limosnas con sangre y cortes por todo el cuerpo, habiendo sido atacado por una turba. El Buda lo consoló diciendo: “Debes soportar esto, Angulimala, debes soportarlo silenciosamente. Esto es el resultado de los actos que cometiste previamente”.

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