Lunes, 28 Abril 2008 09:45

El budismo Vajrayana o Camino del Diamante

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Esta vertiente también se conoce como el budismo tibetano, lo que sin embargo no es de todo exacto, ya que el mismo proviene del último desarrollo del budismo en la India que ocurrió entre los siglos VII y XII, de la época de los monjes y maestros budistas indios, quienes cruzaron los Himalayas para compartir sus enseñanzas en los lugares que hoy conocemos como Tibet y Mongolia.

Vajra significa “diamante” que era la sustancia más dura que se conocía, por lo cual llegó a simbolizar la indestructibilidad y la perfección del universo. Otros nombres que se asignan al Camino del Diamante son Mantrayana y Tantrayana debido al lugar especial que ocupan tanto los mantras como el tantrismo en la práctica de esta variación del budismo. Por mantra se entiende una corta fórmula que se pronuncia repetidas veces para facilitar la concentración. Además, los budistas tibetanos, siguiendo la antigua tradición india, creen que algunos mantras poseen el poder para desarrollar ciertas prácticas espirituales protectoras de la mente. Tantra, por otro lado, literalmente significa “extensión o continuación del conocimiento” y en la práctica Vajrayana, con este nombre se conocen ciertas escrituras, cuya autoría se atribuye al mismo Buda, pero que fueron reveladas en situaciones o circunstancias poco comunes, como cuando el mismo predicaba a los dioses o a otros seres suprahumanos y, obviamente, se originan en fechas posteriores.

 

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El budismo tibetano se caracteriza por incorporar numerosos elementos religiosos desconocidos en las
otras tradiciones budistas, como por ejemplo esta “rueda de oración”.

 

El Vajrayana es la corriente budista más esotérica, mágica, simbólica y ritual que existe. Debido a este carácter enigmático y la simpatía que se gana en el mundo el gobierno de Tibet, un gobierno exiliado luego de que este país fuera invadido por China, presidido por la gran figura política y espiritual de Dalai Lama, el budismo tibetano ejerce una gran influencia en el mundo occidental, donde quizá sea la corriente budista más conocida, aunque no por esto, más representativa.

 

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Dalai Lama, el Premio Nóbel de la Paz del año 1999, se constituyó en una indiscutible figura de importancia política y mediática que hace que el budismo tibetano es uno de los más conocidos en el mundo occidental.

 

Doctrinariamente, el budismo tibetano mantiene las principales enseñanzas de ambas tradiciones anteriormente estudiadas, aunque se coloca más cerca de la tradición Mahayana agregándole un par de costumbres, creencias y ritos propios. Los mismos budistas tibetanos explican esta gran variedad de prácticas y técnicas, ausentes en otras corrientes budistas, en que el Vajrayana ofrece a sus seguidores un camino de liberación mucho más rápido, con elementos variados. Por ejemplo, sus técnicas de meditación incluyen la visualización de las deidades existentes en su panteón, algunas relacionadas con los llamados “budas celestiales”, la recitación de mantras, y otros rituales.

Es muy característico, para el budismo Vajrayana, el abundante uso de mitologías y simbolismos. He aquí, algunos ejemplos más frecuentes:

·unión masculina y femenina es uno de los dominantes símbolos de la iconografía budista tibetana; a veces utilizado como representación de los opuestos y otras veces como unión entre el cielo y el infierno, ambas simbologías de una marcada orientación sexista;

·el árbol, como símbolo de vida, desarrollo y crecimiento;

·la luz y el fuego, como llamas que queman y destruyen la ignorancia y se convierten en símbolo de sabiduría;

·el agua: símbolo de fertilidad e iniciación;

·flor de loto: símbolo de transformación y desarrollo espiritual (este signo, sin embargo, es compartido también por la tradición india y por las otras escuelas budistas, ya que la misma es una flor extremadamente limpia, aunque florezca en aguas estancadas y sucias);

·el color blanco, como símbolo de puridad, pero a veces y alternativamente, de opacidad e ignorancia;

·el color negro, como uno de los colores que menos está sujeto a cambios, es el símbolo de la inmutabilidad;

·el azul, así como las aguas de un quieto lago reflejan innumerables objetos de forma imparcial, simboliza el conocimiento reflejado en los fenómenos que no son distorsionados;

·el rojo, por el contrario, es el símbolo de un conocimiento distorsionado y apasionado; es el color del fuego.

·las deidades que beben sangre en las copas: estas sugerentes imágenes representan las aflicciones (la sangre) y la capacidad de las deidades de absorber o neutralizarlas (el acto de beberla);

Ya hicimos mención del panteón de las divinidades tibetanas. Entre ellas, se encuentran dos dioses indios, Shiva y Parvati como también los “cinco Budas celestiales”, que representan los cinco componentes físico-mentales del ser en su transformación hacia el modo de ser purificado. Cada uno de estos Budas estaría encargado de la purificación de uno de los “cinco componentes” (khandas). Estos Budas, según las creencias tibetanas, también se encargaron de colocar en los seres humanos los cinco centros de energía física, llamados chacras, al parecer otra herencia directa del hinduismo, desconocida en las demás tradiciones budistas.

Un lugar importante, especialmente en el arte budista tibetano, ocupan las mandalas, que son unas coloridas pinturas en forma de círculos, que representan el círculo mágico o sagrado que purifica y transforma el universo. Los que se inician en el budismo Vajrayama son introducidos en este círculo bajo la tutela de su respectiva divinidad mediante complejos rituales, que duran, en el caso de la iniciación mayor, hasta dos días enteros. Durante la iniciación, el postulante recibe también un nuevo nombre, el símbolo de que hubo entrado a un camino de transformación que lo llevará en el futuro a otras vidas en mejores reencarnaciones.

 

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Muchas civilizaciones asociaban las formas circulares con poderes especiales, así lo atestigua, por ejemplo, Stonehenge y otros antiguos sitios de naturaleza religiosa. Dentro del arte budista tibetano, los círculos del “mandala” representan los diversos niveles del cosmos. Los mismos pueden ser expresados a través de la pintura, pueden ser esculpidos, tallados en madera o hasta construidos del material tan perecedero como la arena del mar.

 

No podemos terminar este apartado sin mencionar el rol que en el Camino del Diamante desempeña el lama: el gurú o el maestro preceptor. Generalmente, el mentor espiritual desempeña un papel importante en todas las tradiciones budistas, pero en ésta, la relación entre el maestro y el discípulo es especialmente relevante: sin un preceptor es prácticamente imposible realizar algún progreso espiritual, ni siquiera ser budista, dentro de esta corriente. Hay muchas historias, dentro de las escrituras Vajrayana que ilustran esta importancia. Entre ellas, se cuenta de uno de los más famosos fundadores de la tradición budista tibetana de nombre Marpa, quien viajaba varias veces a la India para recibir allí las enseñazas de una maestro llamado Naropa. En uno de estos viajes, la divinidad que tutelaba a Marpa se le apareció mientras estaba con su preceptor. Fue entonces, cuando Marpa cometió un grave error inclinándose delante de la divinidad en vez de hacerlo frente a su maestro. Las consecuencias kármicas de este hecho fueron desastrosas, ya que Marpa perdió a todos sus hijos en un accidente sin que pudiera transmitir a su descendencia las enseñanzas que había recibido. Semejantes historias nutren la imaginería popular sobre la dependencia de los maestros.

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