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Lunes, 28 Abril 2008 10:54

El budismo Zen

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El budismo Zen, conocido con este nombre en Japón, se originó en la China donde se lo denomina Ch´an. Ambos términos, provienen de la palabra dhyana en sánscrito o jhana en pali, y significan “meditación” en japonés y en chino, respectivamente.

Quizá, el rasgo distintivo más importante del Zen, en comparación con las otras tradiciones budistas, sea la sensación de que el despertar o la iluminación es para sus seguidores algo muy inmediato. Como la creencia en la reencarnación es básicamente ajena a la cultura china y japonesa, lo que en las otras escuelas se cree que puede ser logrado sólo través el arduo esfuerzo en muchas vidas consecutivas, aquí tiene un carácter eminentemente directo, simple y súbito.

Al Zen sólo se puede entender teniendo en cuenta que el mismo no es simplemente una variación de la doctrina enseñada por Siddhattha Gottama sino una confluencia de la tradición taoísta china, por un lado y la budista india, por el otro. Algunos hasta creen que el Zen es mucho más chino que indio, o sea, más taoísta que budista. De modo que corresponde, en este momento, decir algunas palabras sobre el taoísmo.

Para alguien que pertenece a esta religión, como también para cualquier persona educada en la cultura china, aquello que nosotros llamamos “conocimiento” significaría tan sólo “el conocimiento convencional”, o sea, el conocimiento expresado por medio de las palabras, que siempre son arbitrarias o convencionales. En el Occidente, esta arbitrariedad del lenguaje fue “descubierta” recién en la época moderna por Ferdinand de Soussure, considerado como el padre de la lingüística moderna, pero la cultura china estaba plenamente consciente de ella desde hace mucho tiempo. Para los especialistas, este hecho es significativamente notorio cuando se analiza el alfabeto chino, el cual posee un gran número de palabras que son al mismo tiempo sustantivos y verbos, o sea, expresan a la vez acciones y cosas, algo que es muy difícil de concebir a alguien que se ha socializado en una de las lenguas occidentales, las cuales ponen claros límites entre estas dos expresiones lingüísticas. Es fácil constatar que el enfoque del alfabeto chino corresponde mejor a la realidad misma que los alfabetos occidentales, ya que aquellos límites infranqueables entre sustantivos y verbos de estos últimos, muchas veces no se evidencian en la vida real. Piense, por ejemplo, en el sustantivo “puño”, que en realidad es algo que desaparece, como si fuera por arte de magia, una vez alguien abra la mano. Es otras palabras, se trata de sustantivo, que sin embargo, expresa una acción. Consecuentemente, un chino o un taoísta tendría menos dificultades en advertir que los objetos son también sucesos, que consecuentemente, el "yo soy" es también lo que yo he hecho. En este sentido, el lenguaje de la China, aunque también arbitrario y convencional, pareciera estar más cercano a la realidad misma que las lenguas occidentales. Por lo menos, el lenguaje chino, manifiesta a las claras la conciencia sobre el carácter arbitrario y limitado del lenguaje y, consecuentemente, del conocimiento convencional que de él procede.

 

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La caligrafía de la letra china que significa Tao. Lao Zi, el fundador del taoísmo, que tanto influyó en el budismo Zen, describe la idea del Tao de esta manera:

“Hay una cosa confusamente formada, anterior al cielo y a la tierra. ¡Sin sonido, sin forma! de nada depende y permanece inalterada,
se la puede considerar el origen del mundo. Yo no conozco su nombre, lo denomino TAO. Forzado a darle otro nombre lo llamaría lo grande”.

 

Tradicionalmente, las dos instituciones culturales más respetables de la China, el confucionismo y el taoísmo, se encargaban que este carácter imperfecto y convencional del conocimiento esté siempre presente en la conciencia de la gente. Mientras que el confucionismo se ocupa de estas convenciones en el ámbito ético, jurídico, ritual, lingüístico y social, el taoísmo, seguido generalmente por las personas mayores, significa una liberación de las ataduras de dichas convenciones y se preocupa por el conocimiento espontáneo, holístico o directo.

Esta clara distinción entre los dos tipos del conocimiento: convencional y directo, permite que dentro del taoísmo no se confunda la idea del Absoluto con el Absoluto mismo. Dentro de esta tradición, sería una verdadera ofensa contra Dios pretender convertir en absoluto un concepto o una abstracción convencional, como una doctrina o un dogma, que no son más que palabras, o sea, signos lingüísticos limitados y arbitrariamente impuestos. De manera que cuando los taoístas piensan o dicen “Tao” no imaginan una idea o un concepto abstracto sino que, por el contrario, imaginan algo más bien concreto, como la realidad misma. Por otro lado, esta mencionada ya facilidad en ver las acciones en las cosas y viceversa, también aquí tiene su aplicación: el Tao también puede ser un proceso, un camino, una dinámica de producir cosas y sucesos.

Lógicamente, este conocimiento directo es inaccesible al intelecto convencional, por lo cual, a la persona que está acostumbrada a pensar solamente de esta segunda manera, dicho conocimiento le parecerá como algo necio. De hecho, la idea de estupidez, de tener que ponerse, en cierto sentido, en ridículo, es muy viva en la tradición taoísta. Por ejemplo, se le atribuyen a Lao-tzu, el fundador del taoísmo, las siguientes palabras:

Cuando el hombre superior escucha el Tao

hace cuanto puede por practicarlo.

Cuando el hombre medio oye el Tao

a veces lo conserva, a veces lo pierde.

Cuando el hombre inferior oye el Tao,

se reirá de él en alta voz.

Si no riera, no sería el Tao.

En otro orden de cosas, la necesidad de buscar la verdad fuera del conocimiento convencional hizo que el taoísmo se preocupara por desarrollar el “arte por dejar la mente quieta y en paz” o, en otras palabras, el arte de la meditación. Se cree que cuando el hombre aprende a aquietar su mente, la virtud de poder actuar de manera integral se vuele espontánea y no forzada, al igual que el caminar del ciempiés. A propósito, el viejo cuento chino narra que el ciempiés vivía muy feliz hasta que una vez, el sapo le preguntó en qué orden usaba sus cien pies, con cuál de ellas empezaba a caminar. Esto le forzó a usar su mente a tal extremo que cayó en una zanja y nunca más pudo caminar tranquilamente, pues siempre pensaba cómo hacer para correr.

El Zen, entonces, siguiendo esta tradición china, es un camino de liberación de las convenciones. Es el arte de mirar la realidad de forma directa. Para lograr este objetivo, los maestros Zen inventaron un ingenioso recurso conocido en japonés como satori (tun-wu, en chino) que es un despertar súbito logrado a través de una especie del diálogo enigmático, cuyo objetivo es precipitar la mente para que sea liberada de las convenciones e iluminada. Se cuenta de quien iba a ser luego el Segundo Patriarca Zen, Hui-k´o del siglo V antes de Cristo, que en reiteradas ocasiones pidió a su maestro Bodhidarma que le enseñara el camino del Zen, pero siempre fue rechazado. Luego de cada negativa, se retiraba afuera, seguía meditando y lo volvía a intentar. Finalmente, desesperado se cortó un brazo y se presentó frente al maestro mutilado. Sólo entonces, el maestro le preguntó qué deseaba.

-No tengo paz en mi espíritu -dijo Hui-k´o-. Te ruego que lo pacifiques.

-Trae tu espíritu aquí y ponlo ante mí -replicó Bodhidarma- y te lo apaciguaré.

-Pero cuando busco mi espíritu no lo encuentro -dijo Hui-k´o.

-Ahí tienes -replicó en seguida Bidhidarma-. Ya he apaciguado tu espíritu (Wu-men kuan, 41en Watts, 2003:181).

Luego, la historia cuenta que Hui-k´o en este mismo momento experimentó su iluminación o el despertar, a través de este corto diálogo que iba a convertirse en el primer satori, técnica tan característica luego en el futuro desarrollo del Zen. Dentro de esta tradición existen numerosos escritos, entre los cuales destacan el "Registro de la transmisión de la lámpara" y el "Registro del acantilado azul" que son las grandes colecciones de estos dichos y diálogos de los viejos maestros que ayudaron a muchas personas en su despertar. Estos diálogos, que a veces se asemejan a las adivinanzas, utilizan un argumento, una frase o una acción muy desconcertante, lo que provoca que nuestro razonamiento discursivo se detenga y la mente, liberada de sus ataduras conceptuales, obtenga una percepción directa. Esta técnica se conoce con el nombre chino kung-an (koan, en japonés) y muchas veces no está exenta del humor. Estas historias requieren de una respuesta, pero no de una, que sea demasiado teórica o especulativa: la respuesta debe apuntar directamente, sin que pase demasiado por el intelecto. El koan se entiende de una vez, o no se lo entiende. La siguiente historia es una ilustración de esto:

Fa-yen preguntó al monje Hsüan-tzu por qué nunca le hacía ninguna pregunta acerca del Zen. El monje replicó que ya había alcanzado la comprensión gracias a otro maestro. Apremiado a dar una explicación por Fa-yen, el monje le dijo que cuando le había preguntado a su maestro: “¿Qué es el Buda?”, había recibido esta respuesta: “Ping-ting T´ung-tzu viene a buscar fuego”.

-¡Buena respuesta! -dijo Fa-yen-. Pero estoy seguro de que no la comprendes.

-Ping-ting -explicó el monje- es el dios del fuego. Que él busque el fuego es como que yo busque al Buda. Yo ya soy el Buda, y no hay nada que pedir.

-¡Justo lo que yo pensaba! -rió Fa-yen-. No lo entendiste.

El monje quedó tan ofendido que abandonó el monasterio; pero luego se arrepintió y regresó, pidiendo humildemente instrucción.

-Pregúntame -dijo Fa-yen.

-¿Qué es el Buda? -inquirió el monje.

-¡Ping-ting T´ung-tzu viene a buscar fuego! (Ch´uan Teng Lu, 25 en Watts, 2003: 253-254).

El despertar, dentro del budismo Zen, tiene carácter súbito pero, debido a los numerosos obstáculos a los que nos enfrentamos, muchas veces requiere de una constante práctica y ejercicios para ser alcanzado. Para expresar esta verdad, el Zen elaboró unas figuras referentes al “Pastoreo del buey”, que se hicieron muy populares y que representan las diversas etapas del proceso de despertar. El buey, en esta historia, simboliza nuestra mente, la cual puede llegar a ser una buena sirvienta, pero es pésima en su rol de ama. A continuación, las diez figuras que describen la búsqueda, la domesticación y el pastoreo del buey, simbólicamente el proceso de despertar de nuestra mente.

 

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1. Buscando al buey

El buey nunca se hubo perdido. ¿Qué necesidad hay de buscarlo? Solamente porque estaba separado de mi verdadera naturaleza, es que no pude encontrarlo. Debido a la confusión de los sentidos, estoy perdiendo sus huellas. Lejos de casa, miro las encrucijadas, pero ¿cuál es el camino correcto? nunca lo se. La codicia y el miedo, el bien y el mal me confunden y me enredan cada vez más.

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2. Hallando las huellas

Comprendiendo las enseñanzas, empiezo a descubrir las huellas del buey. Luego, aprendo esto: así como muchas herramientas están hechas del mismo metal, así también millones de entidades están hechas del mismo ser. A menos que yo discrimine entre ellas, ¡no es posible que perciba la verdad como si fuera mentira! Aunque todavía no he entrado por la puerta, aún así ya puedo vislumbrar cuál es el camino, gracias a las huellas.

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3. Percibiendo al buey

Cuando uno escucha la voz, se puede saber de dónde proviene. Tan pronto como los seis sentidos emergen, se traspasa la puerta. Dondequiera que uno vaya, se puede ver la cabeza del buey que está en todas partes: como la sal en el agua o el color en la sustancia. Esta sublime visión ya no se aparta de mi.

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4. Atrapando al buey

El habitó los bosques por largo tiempo, pero ¡hoy va a ser cautivado! El caprichoso paisaje obstruyó la visión. Añorando los dulces pastos, el buey empezó a deambular otra vez. Su mente aún es desenfrenada y poco perseverante. Para someterlo, tendré que usar mi látigo.

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5. Domesticando al buey

Cuando un pensamiento surge, otro lo sigue. Cuando el primero salta desde la iluminación, todos los subsiguientes son verdaderos. Por culpa de la falsa ilusión, uno hace todas las cosas inciertas. La falsa ilusión no está causada por la objetividad, sino más bien es el producto de la subjetividad. La tarea es: sostener la riendas firmemente y no permitir las dudas.

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6. Cabalgando al buey camino a casa

El forcejeo está superado; tanto las victorias como las derrotas fueron asimiladas. Canto la canción del guardabosque y afino mi tonada para jugar con los niños. Montado en el buey, observo las nubes. Camino hacia adelante, sin preocuparme por si algo o alguien pueda hacerme retroceder.

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7. Yendo más allá del buey

Todo es uno, no hay dualidad. Para nosotros, el buey es tan sólo un tema pasajero. Es sólo como si fuera una trampa puesta para capturar al conejo o una red para pescar al pez. Esto se parece al oro que se asoma de la escoria o a la luna que emerge de entre las nubes. Un camino claramente iluminado a lo largo del tiempo, sin fin.

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8. Yendo más allá del buey y de uno mismo

La mediocridad se ha ido. La mente está despejada de las limitaciones. No estoy buscando un estado de iluminación. Tampoco continuo donde la misma no exista. Desde que no persisto en ninguna condición, los ojos de los otros no pueden verme. Aunque miles de aves desparramaran flores sobre mi camino, para mi, semejante elogio no tendría importancia alguna.

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9. Alcanzando la fuente

Desde el comienzo la verdad era clara. Suspendido en el silencio, observo las formas integrando y desintegrándose. Uno que no tiene apego a las “formas” no necesita ser “re-formado”. El agua es verde esmeralda, la montaña es azul índigo y contemplo aquello que es creado y aquello que es destruido.

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10. Entrando al mundo

Estando al otro lado de la puerta, ni diez mil sabihondos sabrán quién vive allí. La belleza de mi jardín es invisible. ¿Por qué debería uno buscar y seguir las huellas de los que nos precedieron? Me voy al mercado con mi botella de vino y retorno a casa con mis cosas. Hago una visita al mercado y a la tienda de vinos, y cada cual a quien miro, se convierte en iluminado.

Estas atractivas técnicas y, probablemente también, el gran énfasis que el Zen pone en la expresión artística, hacen que esta tradición budista sea una de las que más arraigo y aceptación tenga dentro del mundo occidental.

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